Su voz me acompaña desde que nací, el sonido de las erres marcadas es para mi tan familiar como el canto de los pájaros, pero a pesar de esa familiaridad musical, casi espiritual no descubrí su forma corpórea hasta muchos años después, décadas tal vez.


Entonces quedé nuevamente embrujada, ¿cómo una ser tan frágil podía cantar así? Como era posible que me trasmitiera tanto una voz a la que apenas entendía, en una lengua extranjera hablando de cosas que ni había sentido ni lograba imaginar.

Una mujer con un aspecto lejos del glamour del espectáculo, pero que conquistó los corazones de toda Francia y parte del mundo. Durante su entierro no se habían visto las calles Paris tan vacías desde la Segunda Guerra Mundial, comentaría Aznavour, uno de sus letristas, amigos y dicen que también uno de sus muchos amantes.


No dejaba indiferente a nadie, por sus escándalos, locuacidad o por sus modales adquiridos en los bajos fondos. Era una mujer con un pasado duro, muchas veces desgarrador y tal vez eso la hizo ser la más grande de Francia.


Hoy está de moda, aunque nunca dejó de estarlo, en los años 60 y en los 70 (ya fallecida), conseguía números unos por todo el mundo compitiendo con el rock y el pop. Un Oscar a una compatriota por interpretarla la ha devuelto a la gran pantalla y a los diarios, y aunque Marion Cotillard hace una buena interpretación y se le puede perdonar que no cante ella, (quién iba a poder superar e imitar esa voz), se deja en su interpretación la suavidad que ella también poseía, no sólo por su gran voz la llamaban La Mòme Piaf, la muchacha gorrión, si no también por su apariencia frágil. Aunque todo el mundo la conoce, la recuerda, la venera como

EDITH PIAF