Si no hubiera sido por que mi hermano cursaba ya cuarto curso de ruso en la escuela de idiomas, no sé si se nos hubiera ocurrido viajar hasta Moscú o San Petersburgo. He decidio separar las dos ciudades para que no resulte muy largo.


Elegimos la última semana de julio, con residuos de las noches blancas de norte y aún buena temperatura, demasiada para lo que esperábamos. Primero viajamos hasta la ciudad imperial San Petersburgo, que recibe su nombre de Pedro I El Grande el artífice de está ciudad con poco más de 300 años que recuperaba la belleza de las grandes ciudades europeas. La ciudad antes conocida como Petrogrado y posteriormente Leningrado fue la capital del imperio ruso, hasta que se trasladó a Moscú en la era soviética dejando a la ciudad del Neva casi abandonada a su suerte.

Actualmente luchando por recuperar el antiguo esplendor mira por el turismo y explota sus principales recursos, los cuales que no le faltan. El impresionante Hermitage, un museo palacio, una de las mayores pinacotecas del mundo que desgraciadamente no se puede disfrutar con la calma que se precisa, para que os hagáis una idea de su tamaño, está compuesto por seis edificios, uno de ellos el Palacio de invierno de los Zares.

La Fortaleza de Pedro y Pablo, recoge los edificios más antiguos de la ciudad, se construyó como defensa ante los suecos y posteriormente utilizada como prisión política, Dostoievski, Gorki, Trotski estuvieron presos allí.

La Catedral de San Isaac, grandiosa, ahora convertida en museo.

La iglesia de la Resurrección de Cristo o El Salvador sobre la sangre derramada, este curioso nombre lo recibe porque fue porque fue construida sobre el sitio en el que fue mortalmente herido el zar Alejandro II.

El Almirantazgo, a sus pies las parejas de novios se hacen el reportaje de bodas, era martes y eso estaba lleno de novios acompañados por los amigos, todo muy años 80.

En los alrededores de la ciudad encontramos los palacios de verano, en esta ocasión visité el de Catalina la Grande y los jardines, el único día que llovió y nos estropeó el paseo por los mismos. en el se encuentra el Salón ámbar, que algunos consideran que el la octava maravilla del mundo. (El Palacio de Peterhof, construido por Pedro el Grande con el objetivo de rivalizar con Versalles en Paris, espero verlo este verano pero es ya otra historia).

Yo soy una enamorada del libro de Dostoievski, Crimen y castigo, y lo que más me gustó de la ciudad fue sentir el ambiente de la obra, ver los canales, imaginarme la esa ciudad asfixiante que se describe en la novela. Pero no penséis que es lo que os encontrareis, al revés la primera noche que estuvimos nos anocheció a las 23 de la noche, y el paseo por el barco al atardecer parecía que era al amanecer. Eso si no le faltó emoción, casi naufragamos, el capitán estaba pasado de vodka y nos chocamos contra uno de los muros del canal, todo quedó en un susto y posteriormente en la broma recurrente del viaje. Tuvimos la oportunidad de ir al ballet, y aunque no era en el teatro principal ni primeras figuras, nos quedamos maravillados, el vestuario, la ambientación, la profesionalidad de los bailarines. Vamos que uno dijo eso de...esto no se ve en mi pueblo, je, je.

Continuará...